Las reglas del juego

Desde hace bastante tiempo tengo la impresión de que discutir sobre temas medianamente relevantes con personas a las que no conozco demasiado es una pérdida de tiempo absoluta. Lo sé, es una afirmación con un marcado tono de soberbia y ciertamente no le faltará razón al que piense que es así. Sin embargo, detrás de las mismas hay algo más aparte de soberbia.

En un mundo en el que cada vez más plural y globalizado, he escuchado con más frecuencia “Vaya peliculón ha hecho Nicholas Cage” que “Tu punto de vista no me convence del todo, pero voy a darle un par de vueltas antes de mandarte a la mierda”, lo cual no deja de parecerme sorprendente. No hablo de un “Tienes razón”, un “Joder, has cogido mi planteamiento, lo has destrozado punto por punto y has metido los pedazos por mi recto haciéndome comprender lo dolorosamente equivocado que estaba”. Simplemente no escucho prácticamente nunca unas palabras que reconozcan que el emisor no posee la verdad absoluta y, en tal caso, me parece una aburrida pérdida de tiempo mantener un monólogo intercalado por el monólogo de otro cuando en su lugar podríamos estar despiojándonos mutuamente frente a la televisión.

Sin embargo esto no es lo peor de todo. Lo peor de todo es que algunas personas llegan a tal extremo que no solo parecen saber a la perfección cual es su punto de vista (cosa que me deja perplejo, ya que en mi caso, no tengo ni puta idea de cuál es exactamente mi postura en cuanto a una gran cantidad de temas), sino que además saben cuál ha de ser el tuyo. Este tipo de personas, que aceptan la existencia de escalas de grises únicamente para películas de pseudoporno, consideran que al compartir una o dos ideas de un determinado grupo ideológico, asimilamos por extensión el resto del dogma.

Ya desde la adolescencia, cuando empecé a interesarme por el ecologismo, empecé a encontrarme con ejemplares de este adorable personajillo que, no solamente me hacían comentarios del tipo “Si eres tan ecologista, ¿qué haces bebiendo de una botella de plástico, con lo que eso contamina?, sino que a menudo llegaban a criticar que me comiera una tapita de algo que incluyera carne, porque evidentemente, todo ecologista es vegetariano. Esa misma persona niega, por ejemplo, el derecho a la propiedad privada a cualquier persona que vote a un partido de izquierdas o la posibilidad de que a un catalanoparlante se la sople el conflicto nacionalista.

Este argumento nos obligaría a muchos a ser auténticos “outsiders”, ermitaños del siglo XXI que se aíslan del mundanal ruido y esperan a que la muerte se los lleve para así evitar violar nuestros principios. Desgraciadamente, como plan esto me resulta muy poco atractivo.

A la hora de defender unas ideas participan muchos factores, como por ejemplo, ser consciente de qué es lo que se defiende (algo que parece obvio pero sobre lo que en realidad pocos se paran a pensar) o aquello en lo que pretendo centrarme en este artículo: el contexto o las circunstancias de cada uno.monopoly

Observemos por un momento el símil más estúpido que se me ha ocurrido al respecto: a mí me gusta jugar al Risk. Por desgracia, a mis amigos les mola mucho el Monopoly y, me ponga como me ponga, son mayoría. En este caso tengo dos opciones: no jugar y aburrirme viendo como los otros compran calles y levantan imperios hoteleros, o participar y tratar de disfrutar lo máximo posible de un juego que no me entusiasma. La tercera vía no existe. No puedo jugar al Monopoly y esperar que los demás acepten que ataque Calle Serrano con mis tropas. Las reglas del juego son las que son, y solo me queda tratar de usarlas de la forma menos aburrida para mí o, como mucho, tratar de negociar una flexibilización de las mismas con mis amigos. Pero el Monopoly no se va a convertir en Risk por más que lo intente.

Esta misma ley hace que, por mucho que me guste estar en pelotas cuando hace buen tiempo, no vaya al súper con la picha al aire, sino que me pegue un viajecito hasta una playa nudista cada vez que me apetece compartir mi impresionante desnudo, o que mi nivel económico me impida reducir mi huella ecológica todo lo que me gustaría. Por contra, esto no implica que no esté conforme con la restricción de lugares en los que mis genitales pueden estar a la vista de los demás o que no trate de forma activa de hacer que la defensa del medio ambiente sea más barata y accesible. Soy muy fan de la filosofía de los sobres de azúcar y en estos casos me aplico el “Be water, my friend” de Bruce Lee y, según considere más conveniente, actúo de una forma o de otra.

Por este motivo y antes de que se me olvide, me gustaría decir que busco gente a la que le guste jugar al Risk en pelotas. Si además son socios de Greenpeace, mejor.

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El simio y los lagartos

Hace ya algún tiempo que, tras haber descuidado mi antiguo blog durante demasiados meses como para sobreponerme a la vergüenza de retomarlo, decidí que era el momento de empezar de cero. De este modo, comencé a escribir en Las afueras de Ítaca. Sin embargo, este cambio no me aportó todo lo que estaba buscando (decir que algo no te aporta lo que necesitas sin parecer un gilipollas de cuidado, una actividad imposible).

Siempre he tenido cierta afición a la escritura, si bien el hecho de haber comenzado escribiendo poesía, o quizá mis referentes literarios, hayan hecho que mi tono fuera algo serio, quizá cargado de dramatismo en algunos casos. Y sin embargo, esta forma de escribir no se acerca demasiado a mi manera de hablar, o más bien solamente representa una pequeña parte de lo que creo que soy. Esta circunstancia motiva la creación de este blog, que nace con el simple objetivo de experimentar, de buscar una voz natural para mi forma de escribir, un campo en el que individuo y persona que escribe (ya hablaré en otro momento de mi reticencia al uso de la palabra escritor) se encuentran y se identifican.

Para ello no podía encontrar mejo disfraz que el de simio. Hay que reconocer que lo traía ya de fábrica: talla media, peludo y muy dado a los sonidos guturales. Pero además, me aportaba muchos rasgos con los que me identifico bastante. El infantilismo con el que el simio descubre el mundo, las cosas nuevas de su entorno, llevándose los objetos a la boca o golpeándolos para analizarlos, el carácter despreocupado y una inteligencia bárbara pero de segunda división, nada comparable con los excelsos humanos.

Quizá colaboren a que me sienta así mis vecinos y copagadores de impuestos, a los que en un alarde de originalidad he definido como lagartos. Unos lagartos modernos, casi futuristas, similares a los de la serie “V”. Unos lagartos muy listos, pero lagartos disfrazados al fin y al cabo. Unos reptiles a los que trato de conocer día a día, que no me ponen demasiado fácil el proceso de adaptación y que me hacen sentir como una inteligencia ligeramente inferior en su mundo del progreso.

Pero bueno, no penséis que el hecho de incluirlos en el título les de ningún tipo de protagonismo. El protagonista (egocentrismo aparte) viene a ser el simio. El país de los lagartos es un complemento circunstancial de lugar que, inevitablemente, condiciona la evolución o el punto de vista de este eslabón perdido.

Temática no hay. Carezco de conocimientos para aclararle a nadie nada sobre política, la evolución de los gin tonics o las novedades en el mundo de los cupcakes. Mis opiniones están al nivel de las de un idiota, así que mejor tener esto en cuenta y si en algún momento os sorprendo con un destello de lucidez, eso que os llevaís. Pero mejor no esperar mucho. No se me da bien vivir con la presión de las altas expectativas.

Así que nada, presentado queda el blog. Intentaré ser más fiel a este de lo que fui al antiguo.